Historias callejeras: a. Carolina

Captura de pantalla 2017-03-22 a las 1.03.54 p.m.

Una línea muy delgada de luz se filtraba todos los días entre la cortina y el marco de la ventana. Hay a quienes podría parecerles molesto, pero a Carolina le resultaba fascinante. Cada línea significaba un día nuevo, y como para quien lleva el calendario o mira el reloj, para ella, la luz era el tiempo.

De entre sus lagañas despertaban las mismas palabras todas las mañanas: ‘¿Ya puedo ir a la escuela?’. Pero, cada mañana, cada letra le sabía menos a esperanza, al verse reflejada en los bifocales de su padre, quien iracundo, lentamente movía la cabeza de un lado al otro en señal de negación.

‘No Carolina, no puedes ir a la escuela, no podrás ir hoy, así como no fuiste ayer ni irás mañana, ni el día que le siga’. Pero Lina tenía fe, si a Lázaro se le había devuelto la vista, quién quitaba que a ella se le concedieran el pequeñísisisimo milagro de ir a la escuela. Muchos niños se quejan de ir a la escuela, pero Carolina sabía que todos ellos, en sus interiores ansiaban llegar.

Entonces, cada vez que en su claustrofóbica casa sonaba el teléfono, un pequeño escalofrío le recorría la piel, imaginando que fuese la campana que indica el cambio de clase. A escondidas de sus padres subía y bajaba frenéticamente los tres escalones que separaban la cocina de la sala; en ellas pasaba de un salón a otro.

Su aburrida y encerrada rutina, en realidad estaba bañada de un universo paralelo donde aprender y hacer travesuras era la única obligación. Pero cuando ese mundo se estrellaba con los gritos de sus padres, con la hora de comer, o cualquier indicador de la casa, todo destello de alegría se escondía entre la alfombra y sus sueños. En realidad, Carolina tenía dos temores muy grandes, a escondidas los lloraba cada tres horas en el baño. O eso creía ella, pues sus padres bien sabían de qué trataban esos encerrones en el baño de visitas.

El primer temor era no crecer, tener que vivir la vida bajo la mano dura de dos figuras opresoras que aunque la veían todo el día todos los días, no tenían ni la menor idea de quién realmente era ella. Y el segundo, el peor, era crecer. Llegar a una edad tal que ir a la escuela fuera un imposible. Carolina sabía que la escuela era para los niños, y que los adultos, hundidos en su amargura, no tendrían espacio en las cabezas para aprender y saber jugar.

Lo que parecían muchos siglos, o por lo menos muchas líneas de luz, habían sido los tres años en los que Carolina no había ido a la escuela. A su muy corta edad, las horas más felices las había pasado en un salón, conociendo, desenredando el mundo en colores, envolviéndolo en palabras, hilándolo entre juegos y manos, con texturas, sonidos y voces que se le grabaron en el alma, con una fuerza tal, que ella estaba segura de que nunca la abandonarían. Si así había sido el salón ¡¿Cómo sería ir a la escuela para luego ir de su mano al mundo?! El simple hecho de imaginarlo le hacía temblar las piernas y pegar gritos de emoción. Gritos que evidentemente se convertían en castigos y más gritos, de los feos, no de los felices.

Aunque Carolina no iba a la escuela, ella había aprendido algo muy valioso, a falta de letras, leía gente. Y entonces, descifraba el mundo en imágenes. No de la tele, ni de la computadora, pues no podía ni acercárseles, y los libros… los libros estaban en idiomas que no conocía, como los números y las letras. Pero las caras, las voces, y hasta los hedores, esos se los conocía de memoria. Y nadie más simple y sin chiste para leer, que un adulto.

Para Lina, el mundo de los adultos está lleno de palabras desconocidas; de olores y sabores tan amargos como ellos; bien supo que es en ese mundo donde se inventan las enfermedades. Carolina sospechaba de los doctores casi más que de sus papás. Todas esas explicaciones que daban en sus batas, sonaban tan falsas como las razones que acompañan un castigo o un regaño. De seguro ellos no habían ido a la escuela, o en todo caso, fueron a una muy mala, porque a estar triste también se aprende.

Sí, todos los adultos que la rodeaban, le cerraban las cortinas, le quitaban las pantallas, y bloqueaban cualquier rastro de luz de su vista, literalmente, le quitaban la luz a su vida. Todos ellos se escudaban bajo las mismas y débiles palabras: ‘no puedes, estás enferma’. Ella siempre se preguntaba ¿enferma de qué? ¿cómo se puede estar enfermo si se es tan feliz? ¿y como se puede estar sano si se es tan desgraciadamente miserable?

Pero así, en donde los tristes reinan, es muy fácil que el feliz, cuando es chiquito, se quede chiquito, tan chiquitito que se va haciendo tan pero tan pequeñito, que se encoge demás, y ahí es donde la luz pierde la batalla, porque aquel que no hace sombra, no hace luz.

A Carolina le pasó algo más o menos así. Pasó su infancia preguntándose si podría algún día volver a la escuela, pero en vez de ello, sucedió lo que más miedo le daba: creció. Y los adultos le robaron tanto, que juró nunca convertirse en uno de ellos. El problema, es que así como a Lázaro le devolvieron la vista, también le llegó la vejez, y la muerte, y todo eso que a todos nos pasa. Y muy en el interior, Lina sabía que el paso de la luz llevaba inevitablemente a eso. Y qué triste morir de esperanza rota, de sueños robados y de horas aplastadas.

Entonces, con las migajas de su infancia cayéndosele de las manos, Lina comenzó a recoger sus pedazos…

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s