Censurado censurador

Un hombre desnudo está apoyado en cuatro puntos, sus rodillas y manos están posadas sobre cascos viejos. Calvo y de apariencia senil; una planta sale de su boca. Por detrás, lo sujeta, a manera de sometimiento, una mujer de rasgos indígenas, desnuda, usa un gorro o sombrero. Mientras que ella es penetrada por detrás por un lobo, todos ellos se encuentran sostenidos en ruinas de cascos –o cascos en ruina- sobrepuestos en cajas de cartones extendidas. Los tres personajes, a pesar de encontrarse petrificados, irradian movimiento.

hautre

Este ménage a trois, no sólo resulta escandaloso por abordar y retratar temas tabú como el sexo y la zoofilia, sino por el sentido e interpretación iconográfica que tiene la escultura: el hombre representa ni más ni menos que al rey Juan Carlos I de España, y la mujer personifica a la feminista boliviana Domitila Barrios de Chungara. Se trata de la obra de la artista vienesa Inés Doujak y el inglés John Barker, “Haute couture 04 Transport” de la exposición “El hombre y el soberano”, en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, MACBA.

Desde el punto de vista iconológico, la polémica no disminuye, sino que aumenta. La propia artista ha afirmado que la obra pretende explorar las relaciones de explotación entre Europa y América Latina. Dejando a un lado la lectura de relaciones colonialistas, la obra bien podría encarnar la alegoría propuesta en el título de la exposición: la bestia evidentemente personificada por el lobo que fornica a la mujer y el soberano es encarnado por el rey Juan Carlos.

El 18 de marzo, el director del museo, Bartomeu Marí comunicó ante la prensa, la cancelación de la exposición a causa del desacuerdo provocado entre el director y curadores, debido a que mostrar la nombrada obra “no era una decisión aprobada por todos”. Tres días después, comunicó la reincorporación de la escultura dentro de la exposición. Quizá ante la presión de la comunidad artístico-intelectual, quienes reprocharon la decisión del director de censurar la obra, y ante la demanda de “un museo más democrático”, finalmente la pieza fue re-expuesta pero con una significativa repercusión: al día siguiente, la dimisión del director y de dos curadores fue expresada a los medios.

Este evento me recordó a la -no tan lejana- cancelación del exposición en el museo Jumex del artista, también vienés (¡!), Hermann Nitsch. Aunque de tratamiento diferente, ya que por el contrario, la institución mexicana solo lanzó un escueto comunicado avisando la cancelación sin mención alguna del motivo de esta. Creo que ambos eventos pueden leerse síntomas paradójicos del mundo del arte en relación a la censura, específicamente dentro del aparato museístico.

nitsch

Más allá de juzgar o determinar si ambas decisiones por parte de sus respectivos directivos fueron correctas o incorrectas, lo que llama la atención es que en menos de dos meses, dos directores de “prestigiosos” museos hayan (¿tenido que?) renunciado a su cargo.

Bien decía el teórico Pierre Bourdieu que el museo es una promesa ilusoria de democratización, donde se supone puede entrar todo aquel que lo desee, sin importar género, raza o religión; sin embargo, terminan por frecuentar el cubo blanco aquellos que tienen o creen tener las herramientas y el conocimiento para “entender” la –muy– compleja estructura del sistema del arte. Es en este sentido, que ambos sucesos rasgan la estructura de la Institución y dejan entrever que los museos no siempre operan de manera justa y democrática, sino que por el contrario sólo nos dejan con muchas preguntas al respecto.

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En ambos casos, los directores cedieron, si se puede decir así, ante las peticiones de determinados grupos: Bartomeau a los intereses reales (es bien sabido que el patronato del MACBA está integrado por la reina Sofía), y Charpenel a las peticiones de los fervientes defensores de derechos animales, ¿No resulta paradójico que se les despida cuando velaron por sus intereses? Si bien es cierto que el patronato no debiera tener influencia sobre las decisiones del museo, ¿Cómo es que Bartomeau, suponiendo que efectivamente veló para no incomodar a la reina por la escandalosa obra que degrada a su esposo, es despedido por el mismo patronato que defendió?, ¿Dónde quedaron los aplausos de los activistas para Charpenel, por haber tomado en cuenta su petición y colecta de firmas para no mostrar la exposición de Nitsch? Ante esto, cabe la pregunta ¿Deben los activistas o el patronato determinar la permanencia de una obra o exposición en un museo?

Me temo, que no puedo (ni es mi intención) ofrecer respuestas, pero sí una observación: el sistema del arte no parecer ser justo, y sobre todo, la lección más importante es que al museo no se le permite, por la razón que sea, censurar. De ser así, terminará en suelo, Señor director del museo, su cabeza degollada. Ya sea por quitar una exposición, o por el contrario, reintegrar una obra en la muestra, el resultado es el mismo.

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De modo que aquél que censura, en la institución que se autoproclama como un espacio abierto al diálogo y opiniones críticas pero no permite por ningún motivo que sus dirigentes se vean envueltos en polémica, termina paradójicamente siendo censurado por las medidas higienizantes del cubo blanco: no puede permitir que algo (alguien) impuro se asocie a su pulcra entidad.

Si la imagen pudiera hablar, invocando a T. Mitchell, seguro que esta escultura estaría jubilosa de haber causado tanto revuelo. La ocultaron, la volvieron a mostrar; hizo enojar a algunos, pero también protestar a otros; estuvo en boca de todo el sistema artístico actual; fue descrita y reproducida en varios periódicos y páginas web. ¡Nunca antes había cobrado tanta vida!

-¡Qué felicidad! -diría ella. He logrado mi cometido: provocar y transgredir, que si me censuraron es porque seguramente incomodé a una o varias personas. El único que no estará tan contento es Bartomeau, quien por censurarla, terminó despedido.

Andrea Chávez para ARCO.

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