Opinión de una joven estudiante mexicana

Adiós, el arrebato violento me cerró la puerta en la cara. Una puerta de cristal que deja ver pero no deja salir.

Mi cuerpo habita este país quemado que apesta a sangre fresca, pero mi alma cada que puede, bien o mal, se fuga.

Letras, sonidos, imágenes, todos ellos huesos del quebrantado esqueleto del discurso oficial. Lo que pasa aquí no sólo es injusticia, no sólo es violencia, va más allá. Es mucho más hondo, profundo y doloroso que lo infrahumano.

Es arrancarle al rostro la piel y los ojos, mientras se arranca la fe y la esperanza del ser. 

La desnudez fragmentada y sadomasoquista que exhibe al mexicano, no parece tener cura. Es la carne expuesta que arde con el solo paso del viento. Vivimos en un mundo donde los cuentos de terror se quedan cortos frente a la realidad; un mundo donde la desnutrición funciona como motor de una caridad vacía y siniestra. Un lugar donde la palabra pobreza representa únicamente la medida numérica del malestar nacional; la mujer, recipiente de frustraciones sociales, y el hombre preso eterno del estereotipo. Los niños son mulas al servicio de los peores.

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¿Cómo es posible levantar un cuerpo que con plomo ha caído, un país sin patria, un corazón que hace mucho dejo de latir? ¿Cómo cosechar en un campo seco y robado?

Es terrible que aparentemente la única luz en el camino, sea aquella de las pocas antorchas prendidas que aún protestan por la muerte en vida de este país.

Mi casa respira con cáncer de pulmón, con políticos corruptos, con crimen, con enfermedades que ocupan cada célula de ella. Dos mares que ahogan, vientos que empujan, tierra que se vuela y cabezas que ruedan al unísono de gritos de violación.

Un país de gente que camina muerta, con la fe arrebatada, con el anhelo ahogado en llantos que se esconden en fosas comunes. El panorama no alcanza a ser desolador porque la ceguera, el tiempo y la pobreza no costean las penas. Sí, porque las penas, aquí ni con ni sin pan son buenas.

Junto a ríos de gran cultura, de los sabores más exquisitos, de éxtasis de risa y calidez, corren ríos de sangre, de nombres e historias borradas por la goma de la corrupción.

La impunidad y la justicia selectiva legislan esta tierra, un país en el que parecen no haber límites entre el gobierno y el crimen organizado, un pueblo que no se escapa de la mancha imborrable de la corrupción.

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El anónimato como peor y último castigo, un látigo que arranca y despedaza la identidad para convertir a un joven en un pedazo de carne desaparecido. Cadáver: un cuerpo sin nombre es un cuerpo cosificado. No podemos olvidar los nombres, no podemos vivir bajo la ley flexibilizada por la subjetividad de unos cuantos.

No podemos vivir en tierra de nadie, en un país en el que donde destapas hay cadáveres, donde la muerte es cosa del día a día, y la violencia y la inseguridad son la compañía intrínseca del existir.

El silencio incrimina tanto como lo hace el habla. Aquí parece que no hay vía de escape, pero siempre, quiero creer, hay un camino. La cuestión es ¿Dónde y hasta cuándo ya basta México? Tal vez aclarar la garganta y alzar la voz sea un paso corto, pero es el primero de muchos, el primero de un largo, arduo y duro camino por recorrer.

Aranza.

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Conoce algunos artistas mexicanos que desde sus disciplinas han abordado las preocupantes problemáticas actuales del país. Música, arte conceptual, artes plásticas, literatura, cine.

Pedro Reyes
Antonio Ortuño
Teresa Serrano
Elmer Mendoz
Carlos Velázquez
Teresa Margolles
Luis Estrada
Roberto Hernández

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