El maravilloso fracaso de mi felicidad

Hay historias que trascienden los espacios y tiempos, amores de esos que se roban todo tipo de corazones, humores de casa que todos conocemos, cuentos universales, relatos mágicos que se insertan en lo más profundo del ser.  Pero también hay historias irrelevantes, pequeñas e individuales, subjetivas, chiquitas y empolvadas, desconocidas y escondidas. Esta historia pertenece al segundo grupo, al grupo de las pequeñas e insignificantes historias propias, de esas de las que todos somos dueños en secreto o en complicidad con ‘un’ alguien más.

Esta no es una historia de amor ni de desamor, tampoco de guerras o de logros mundiales. Esta historia se ubica en un tiempo y un espacio específico, un momento de alguien, en una carne y una piel, entre los dedos de quien escribe cada letra con que se cuenta a sí misma, por y para ella. Esta historia existe nada más porqué sí.

la foto (10)

Un día, invadida por el salado oleaje del Pacífico, me vi desde afuera, salí de mí para entender que yo era yo, estaba ahí, en medio del mar, sola, flotando y mojada, no más. En eso, una parvada de gaviotas tuvo el atrevimiento de robarme el momento, volando tan cerquita del agua y de m que, arrebataron mi atención para llevarse con ella una carcajada.

Sin que nadie me descubriera, reí a modo de impulso, instintivo, natural e irracional. Las gaviotas siguieron su vuelo, soltando mientras subían, pedacitos de mi concentración, como para que yo los cachara antes de que llegasen al fondo del mar y se desvanecieran por completo.

Reconstruyendo mi ya muy mojado pensamiento, lleno de arena y mareado por las olas, pude comprenderlo en dos simples palabras: ‘Soy feliz’, me dije a mi misma. ‘Soy feliz, ahorita’, entonces, con esa última palabra que se adhirió cual invitado non grato, mi mente y yo empezamos a maquinar.

Claro que ya no me reía, un signo de interrogación se postraba sobre mi rostro mientras comprendía la inmediatez y lo efímero propio de la felicidad. Había sido feliz hasta que dejé de serlo. Esa felicidad que duró lo que dura se había extinguido ante mis ojos en tanto la descubrí. Entonces pensé que esta carrera que llamamos vida era un caso perdido. Y yo ahí, flotando en el mar.

Desde que somos capaces de llamarnos a nosotros mismos personas, desde esos instantes en los que somos alguien y tenemos un cierto grado de conciencia, lo único que hacemos es buscar a la maldita felicidad. Y ¿Qué acababa de pasar? La bastarda había llegado a mí, me había tomado por sorpresa, al grado que se extinguió en tanto existió. Llegó para irse, literalmente.

La cabrona no se había quedado ni para una taza de té, digo, para poder disfrutar que había yo por fin tocado la meta. Sólo fui feliz para cuestionármelo, eso no se vale, bajo las leyes por las que nos regimos para alcanzar el muy aclamado estatuto de ser feliz, esas cosas son chingaderas.

Entonces, conflictuada por lo pasajero de mi propia felicidad, caminé hacia la arena, a tocar tierra firme, a entender, y como por arte de magia, empecé a sentir un calorcito que venía desde adentro de mi. Un apapacho que atribuyo a la razón, que salió de su parálisis momentánea para abrazar a mis emociones y decirles: ‘Ven, si se puede’. Ahí creí comprender un poco mejor lo que acababa de pasar.

Uno es feliz por instantes muy breves, segundos cuyo rastro se extiende, a veces de inmediato, a veces con la memoria, o a veces por pura inercia. Esto que se extiende, que se sigue es a lo que realmente aspiramos. Esta felicidad “constante” o “duradera” es la que buscamos con tantas ansias durante nuestras miserables existencias. Buscamos el rastro, la huella, el símbolo, no a la cosa en sí. Una idea prolongada de lo que fue.

¿Por qué?, pues porque con estos mini derroches de goce obtenemos la fuente de lo que nos mantiene vivos: la esperanza y el anhelo. Toda la vida es una constante búsqueda de eso que ya fue y de una u otra manera queremos que sea y vuelva a ser. Aconteceres que según nosotros existieron en algún punto. La patética esperanza de que ‘eso’ llegará, idea reforzada por tarjetas de amor, películas palomeras, frases cotidianas, y mujeres embarazadas que soban su panza con un anillo de casadas mientras ven mecedoras de color pastel. Una esperanza que se postra sobre el aplastante temor a morir solo, pobre, enfermo y con frío: fuera de las convenciones sociales y del canon cultural que reina sobre nuestras insignificantes y silenciadas cabezas individuales.

Queremos ser felices sólo por temor a no serlo, y buscamos el placer porque la idea de sabernos desalojados de éste nos devastaría al grado del aniquilamiento. Somos felices para no darnos cuenta de lo que somos el resto del tiempo; miedo. La búsqueda de la felicidad es nuestra anestesia al dolor de estar vivos, al insoportable peso de ser cuerpo y de ser vida. Irónicamente, la “felicidad” es esa droga que nos ciega ante la realidad de estar aquí y ahora.

mar

Y fue entonces que entendí una última cosa. Mi felicidad había fallado, había llegado rancia, o muy seca o tal vez muy mojada, no sé si llegó tarde o demasiado temprano, pero mi dosis de ser feliz había quebrado su propia misión, se había traicionado al grado de dejarme vislumbrar sus ominosas intenciones. Se había descubierto como el ser que es, una bisagra engañosa, sospechosa, y de doble moral. Había sido tan fracasada en su propósito que me causó más conflicto que felicidad per se.

El anhelo y la esperanza se desdibujaban junto con mi sonrisa que poco a poco se deformaba en duda. Y con la muerte de ellas llegó a mí la paz, una sensación tan sensata, tan infinita aunque corta, que supe que con o sin la felicidad, era posible estar en paz, estar tranquila, y la crisis solita se evaporó, a manera de viento y brisa, el clima se llevó mis angustias, mis dolores y mis miedos. No estaba feliz, estaba tranquila, y eso era inmensamente mejor. Volví al mar y me sumergí en las olas junto con mis pensamientos y conflictos. Esa tarde, fui yo.

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